¿Es tan importante la valoración de la Startup para los Emprendedores? por @Manzanerame

    No paro de repetir que la valoración es uno de los temas más sobrevalorados por los emprendedores. La cuestión surge cuando se plantean qué porcentaje del capital de su startup deben conceder al osado inversor que se aviene a poner dinero en su negocio. La empresa vale un potosí y este señor solo va a invertir 100.000 euros…

    Suelen pensar los emprendedores que en caso de que en un futuro la empresa reparta los millonarios dividendos que se espera o que incluso se venda el negocio, el inversor podrá obtener un pingüe beneficio con el 3% o el 4% que le estamos ofreciendo.

    “Vana ilusión”, como decía la zarzuela. Hay miles de circunstancias que pueden variar el reparto de las ganancias. Y para ilustrar mi argumento contaré una historia basada en hechos reales. En mi libro “Finanzas para emprendedores” he recurrido en alguna ocasión a este tipo de anécdotas y creo que los lectores lo han apreciado.

    Supongamos que Evaristo es un emprendedor que tiene una empresa de asistencia legal online para alcaldes procesados. Evaristo está negociando con Venancio, un business angel. Nuestro emprendedor es a día de hoy el titular del 100% del capital de su startup, y ha conseguido convencer a Venancio de que su empresa será capaz de cumplir un ambicioso plan de negocio que él ha presentado de manera admirable mediante un Prezi que le costó dos noches sin dormir. Venancio, abrumado por las trepidantes transiciones de la presentación, afirma estar dispuesto a invertir 80.000 euros y obtener a cambio de su inversión un 25% del capital.

    Evaristo, después de leer mi libro, saca la calculadora y comprueba con estupor que tal acuerdo supone valorar su empresa en unos ridículos 320.000 euros (postmoney). Su desconcierto se torna indignación cuando descubre además que Anacleto, otro emprendedor vecino de despacho de vivero, empujado por su perversidad ha conseguido cerrar una ronda de inversión para su empresa de venta de sostenes por internet nada menos que con una valoración de 700.000 euros.

    Nuestro emprendedor, bien pertrechado con una hoja de cálculo de 14 pestañas y las betas desapalancadas de 7 comparables, va a reunirse con Venancio para decirle que en un alarde de generosidad por su parte, le ofrece  el 10% de la empresa por los 80.000 euros de inversión (postmoney de 800.000 euros: la afrenta de Anacleto ha sido desagraviada).

    Venancio recurre a unos cuantos argumentos de orden cualitativo para hacerle ver que su proyecto no está muy maduro, que puede ser necesaria una inyección extra de capital y que además él conoce a determinados clientes potenciales que están a punto de  ingresar en prisión sin fianza, lo cual haría que su aportación al negocio fuese más allá de los 80.000 euros.

    Evaristo, hombre razonable, da por buenas tales tesis y accede a subir al 15%. Venancio pide un par de días para pensárselo y finalmente la operación se cierra.

    No ha pasado ni un año cuando Evaristo recibe la visita de Teodoro, el director de desarrollo de negocio de una importante empresa española del mismo sector que su startup. Teodoro es un tipo directo, franco y seguidor del Atleti. Le dice a Evaristo que su empresa desea introducirse en el sector de su startup y que para ello piensan comprarle la startup por 700.000 euros (no negociables) y poner a Evaristo de director de la línea de negocio con un sueldo anual de 120.000 euros, bonus y Audi A4. A pesar de que Evaristo no es muy de coche alemán, se muestra encantado con la oferta. Siendo él el propietario del 85% del capital eso significa que aparte del contratazo laboral se va a llevar la friolera de 595.000 euros (85% x 700.000 euros). Adiós piso de alquiler de 2 habitaciones, hola ático en el centro.

    Evaristo corre raudo a decirle a Venancio que van a vender la empresa por 700.000 euros y que él, Venancio, se va a llevar 105.000 del ala (15% x 700.000 euros). Una TIR superior al 30%. No hace falta que le dé las gracias.

    Pero ante la sorpresa de Evaristo, Venancio no solo no le da las gracias, sino que además afirma que no tiene ningún interés en vender, y que piensa quedarse con su 15%. Evaristo no sale de su asombro, se encoje de hombros y llama a Teodoro. “Que mi socio no quiere vender, que se queda con su 15%”. Imposible, replica Teodoro. Vamos a liquidar la sociedad, así que tienen que vender todos los socios o no hay venta, ni contrato de director, ni Audi.

    Evaristo vuelve a Venancio. Por tu madre, no me hagas esto, hay que vender. El emprendedor va pasando las fases de manual: petición, ruego, incomprensión, negación y amenaza. Finalmente un resquicio parece abrirse en el sólido muro de Venancio. “Mis participaciones en la sociedad valen 175.000 euros”, dice finalmente. “Tú puedes vender al precio que quieras, pero las mías valen eso”.

    Evaristo vuelve a sacar la calculadora. El sablazo de Venancio deja su parte en 525.000 euros (sigue habiendo ático, aunque quizá no tan céntrico). Pero se da cuenta de otra cosa: a 175.000 euros Venancio está vendiendo su parte del capital por el 25% del precio de venta. Justo lo que había pedido en un primer momento.

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