Patentes: el placebo de los #Emprendedores por @Manzanerame

    Hace unos días publiqué en este mismo portal un artículo sobre el crowdfunding que despertó vivas críticas en los comentarios. Eso está bien. El pensamiento único es sumamente aburrido y en la variedad está el gusto. Es posible que esta semana ocurra algo parecido, pues mi opinión sobre las patentes es algo radical, y me consta que éstas tienen acérrimos defensores.

    El caso es que esto de las patentes tiene mucho de placebo. Como sabéis, una sustancia se denomina “placebo” cuando “careciendo por sí misma de acción terapéutica, produce algún efecto curativo en el enfermo, si éste la recibe convencido de que esa sustancia posee realmente tal acción” (de la RAE).

    No pocos emprendedores piensan que cuando patentan algo ya nadie te lo puede copiar. Verdaderamente se lo creen. Imaginan que la patente es una barrera infranqueable que nadie se atreve a infringir.

    Esta creencia errónea la comparten otros aparte de los emprendedores. Hace unos pocos días negociaba con un inversor que se quedó verdaderamente decepcionado cuando le dije que la tecnología de nuestro proyecto no se podía patentar. Este señor también había caído en la trampa. Lo sentí mucho por él, y también por mí pues supe entonces que podía olvidarme de su inversión.

    Vayamos por partes.

    En primer lugar, cuando patentas empiezas haciendo algo que no te tendría que gustar: te expones. Enseñas tus cartas. En la patente se recogen detalles de tu tecnología que por el hecho de patentarse pasan a estar accesibles a otros. Cualquiera puede verlos, y esto no es bueno. Y no es bueno no ya porque te puedan copiar, sino porque das ideas.

    En segundo lugar, y más importante. Para que la patente sea un mecanismo realmente eficiente necesitas dos cosas. La primera que la patente esté bien hecha, lo cual no es difícil si te pones en las expertas (y caras) manos de un profesional de prestigio. Pero atención que viene la segunda. Para que la patente sea útil necesitas poder defenderla. Y ahí está el problema.

    Supongamos que patentas tu producto y llega un holandés y te lo copia. Sin ningún tipo de pudor. Hasta el último tornillo. En caso de que tu patente cubra toda Europa se supone que tú dispones de una acción por quebrantamiento de la propiedad industrial. Pues bien: persigue al holandés. Te vas a gastar un dineral que quizá no tengas y cuando dentro de x años haya sentencia a tu favor, lo mismo el holandés está en paradero desconocido y sin un euro.

    ¿Adónde quiero llegar con esto? Lo que trato de decir es que el requisito de defendibilidad hace que la patente solo sea un mecanismo válido para las grandes corporaciones y no para los emprendedores.

    Son frecuentes las noticias en prensa como, Apple demanda a Samsung , Kodak demanda a Apple , Sony demanda a LG o LG demanda a Sony …  Son como niños. Pero como tienen dinero, pueden hacerlo. Nosotros, no.

    En realidad, el único efecto que puede tener la patente para un emprendedor es el efecto disuasorio. Es decir, que un tercero, al ver que algo está patentado y temiendo enfrentarse a un conflicto con el propietario de la patente, se abstenga de copiar. Pero para ello, ese tercero debe ser un tipo honesto. Y los que copian patentes no lo suelen ser. O sea, que el efecto disuasorio se va a hacer gárgaras.

    En definitiva, yo siempre recomiendo a los emprendedores que, si es posible, defiendan su tecnología con el secreto industrial (es decir, punto en boca). Si más tarde el inversor exige patentar, o el comprador de la empresa te lo pone como condición, lo haces. Pero ya no estarás solo.

    Como siempre es necesario hacer salvedades. Hay situaciones en las que no queda más remedio que patentar, sobre todo en los casos en los que el secreto industrial es fácilmente salvable. Conviene entonces informarse bien. Las buenas noticias llegan al principio: patentar para España no es muy costoso. Pero una vez hecho esto llegan las temidas extensiones. O extiendes la patente a otras geografías o pierdes la opción. Y eso sí es caro.

    Antonio Manzanera.

     

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