El buen líder no sólo tiene un CI alto, también una gran inteligencia emocional

Captura de pantalla de la videoconferencia impartida por Carmen Sanz, este lunes, en la serie de ponencias online gratuitas del Grupo CEF.- UDIMA.

¿Qué es la inteligencia? ¿Es lo que marca nuestro Coeficiente Intelectual es? A menudo identificamos a gente que ha tenido éxito como alguien ‘listo’, con suerte quizás. Pero, ¿es lo mismo ser listo que inteligente? “Hay muchas personas muy inteligentes que no han logrado sus objetivos”, comentó Carmen Sanz. Para responder a qué se debe, esta psicóloga defendió este lunes la importancia de “identificar y potenciar” las diferentes inteligencias. Especialmente la inteligencia emocional si se persigue ser un líder eficaz.

Lo hizo durante su participación en el Ciclo de Conferencias online y gratuitas convocadas por el Grupo Educativo CEF.- UDIMA bajo el hashtag #QuédateEnCasa, con motivo de la crisis del coronavirus. Como presidenta de la Fundación El Mundo del Superdotado y psicóloga Clínica, Sanz explicó los conceptos de inteligencia y el impacto que tiene gestionar las emociones adecuadamente en las capacidades de liderazgo.

La inteligencia es una capacidad general que nos permite “razonar, planificar, aprender” y, e definitiva, “adaptarnos”, planteó Sanz. Algo tan amplio se compone, por fuerza, de diferentes clases de inteligencia: “El coeficiente es la suma de la inteligencia fluida y la inteligencia cristalizada“. La primera tiene un origen biológico o genético, y es la que nos permite adaptarnos a situaciones nuevas. La segunda hace referencia a las capacidades intelectuales aprendidas haciendo uso de conocimientos previos.

También hay otras clasificaciones como la de Howard Gardner, que hablaba de: inteligencia lingüística, lógico-matemática (la fluida y más clásica), espacial, musical, corporal o cinestésica, intrapersonal, interpersonal o naturalista, enumeró.

Un CI elevado no es suficiente

Entonces, ¿cuál es la más importante para ser buen líder? Para Sanz, la inteligencia más lógica “poco tiene que ver”. A través de la teoría de Daniel Goleman de la inteligencia emocional, desgranó algunas de las cualidades que debe desarrollar un buen líder. Todo se reduce a las dos inteligencias de Goleman: la intrapersonal y la interpersonal.

Según diversos estudios, las relaciones humanas y la inteligencia emocional son aspectos “muy valorados” en un líder, apuntó la psicóloga. En concreto, el líder debe partir de la autoconciencia y el autocontrol hacia una conciencia social y gestión de las relaciones. Es decir, además de poseer conocimientos fluidos de valor, esa persona deberá conocerse bien, controlar sus emociones, tomar las decisiones adecuadas…

Y, por otro lado, también será muy importante que “comprenda los sentimientos y necesidades de quienes le rodean” para tener una idea clara de cómo relacionarse con ellos. En otras palabras, saber gestionar los conflictos y colaborar con ellos. Otras claves de un liderazgo eficaz serían elementos como la visión, la autoconfianza, la autoestima, la motivación, la resiliencia o el networking. “Para ser un buen líder no basta con ser inteligente, falta desarrollar la inteligencia emocional”, zanjó la psicóloga.

¿Se nace o se hace?

Como hemos visto, hay una parte de nuestra inteligencia que tiene una gran influencia genética. Hasta un 70%, según Sanz. Como psicóloga clínica, trabaja identificando a unas 300 personas con altas capacidades al año. Y asegura que, si un niño es muy inteligente, normalmente hay alguien en su línea ascendente “que también lo es”. Eso sí, también influyen los elementos ambientales como acceder a una buena educación, recalcó.

En cualquier caso, de su experiencia ha aprendido que muchos profesionales que resultan ser personas con altas capacidades llegan “frustrados”. Tienen grandes ideas, pero carecen de la capacidad social que hace que “se tengan en cuenta”, asevera. Por ello subraya la importancia que tiene “identificar” las altas capacidades lo antes posible para potenciarlas.

Además, tanto la inteligencia fluida (de adaptación) “suele disminuir a partir de los 60 años”, mientras que la cristalizada (aprendizaje intelectual) se mantiene más. Por ello, para mantener intacta esa inteligencia global, Sanz encomendó a tener “activo” el cerebro. No sólo porque diversos estudios demuestran que el desarrollo es flexible (no se limita a la infancia o juventud), sino porque su actividad se relaciona con una mayor longevidad.

¿Cuestión de género?

Y esto no tiene nada que ver con ser hombre o mujer. Las pruebas de CI “dan resultados similares” en ambos géneros, afirma Sanz. Sí es cierto que llegan más niños con potencial superdotado a su clínica, pero ella lo achaca a la capacidad de adaptación femenina. Los niños “crean más problemas” que les llevan a la consulta. Ellas “disimulan” sus frustraciones derivadas de su posible gran inteligencia, y así evitan el psicólogo.

Es cierto que las mujeres y los hombres a menudo destacan en habilidades diferentes: ellas en comunicación y relaciones personales, ellos en investigación o creatividad. Pero cada vez más mujeres desarrollan esas habilidades más típicamente asociadas a los varones. Algo que “no ocurre aún” a la inversa con los hombres.

Si las mujeres no ocupan más puestos de liderazgo es porque hay múltiples factores que dificultan esa realidad. Empezando por los estereotipos sociales o culturales (lugares donde no está bien visto que la mujer tenga esas capacidades y las desarrolle). Aunque la “gran barrera” sigue siendo la necesidad de “escoger” que tienen que afrontar muchas mujeres: o ser madre o líder profesional.

Por ello deben cambiarse esas realidades, pero también fomentar la identificación de las necesidades especiales de muchos niños y niñas. “El liderazgo eficaz tiene que ver con las raíces más profundas de la persona”, apostó Sanz. Los valores, las pasiones, las habilidades y los modelos admirados. “Eduquemos en la diferencia porque todos tenemos derecho a dar lo mejor de nosotros mismos”, cerró.