Por Redacción - Ene 19, 2026
La transformación de un pequeño quiosco de golosinas en Badajoz en una potencia de ventas transfronterizas constituye uno de los ejemplos más ilustrativos de cómo la digitalización bien ejecutada puede derribar las barreras geográficas tradicionales. Kremtik, una compañía gestionada por apenas tres personas, ha logrado lo que para muchos negocios locales sigue pareciendo una quimera técnica y burocrática: internacionalizarse en cuestión de semanas. Bajo la dirección de Cristian García, un emprendedor de 31 años con una visión clara sobre la evolución del mercado minorista, la empresa ha pasado de servir a los vecinos de un barrio extremeño a gestionar miles de pedidos mensuales que cruzan la frontera hacia Portugal, consolidando un modelo de negocio que prioriza la agilidad y el aprovechamiento de infraestructuras logísticas globales.
El punto de inflexión para este crecimiento exponencial se sitúa en octubre del año pasado, cuando la firma decidió integrarse en el programa de vendedores locales de Temu. La respuesta del mercado fue casi instantánea. En apenas catorce días desde su aterrizaje en la plataforma, las primeras cajas de dulces ya estaban siendo enviadas a consumidores lusos, un hito que para la estructura interna de una pyme habría sido inalcanzable sin el soporte de un ecosistema digital robusto. Al alcanzar enero de 2026, las cifras reflejaban una realidad sólida con más de 7.500 transacciones completadas en España y un primer pie firme en el extranjero, posicionándose como el vendedor de referencia en la categoría de aperitivos y dulces dentro de este canal de venta masivo.
Esta transición hacia el mercado exterior no estuvo exenta de los desafíos habituales que enfrentan las empresas de tamaño reducido en el continente. Según los indicadores del Flash Eurobarómetro de 2025, la complejidad de los marcos normativos y las disparidades fiscales son los muros invisibles que frenan al 30% de los proyectos empresariales con vocación de escala. Para Kremtik, la superación de estos obstáculos no vino de una gran inversión en consultoría legal, sino de la adhesión a un modelo de gestión simplificado que permitía enviar mercancía desde su base en Badajoz sin necesidad de establecer almacenes físicos en cada país de destino. Este enfoque permite que una estructura de costes ajustada pueda absorber los gastos de envío manteniendo un precio final que no disuada al comprador impulsivo de dulces.
La clave del éxito reside también en una profunda comprensión de la psicología del consumidor actual. Los datos demográficos indican que el grueso de la clientela de este tipo de plataformas se concentra en adultos de entre 25 y 40 años, un grupo de edad que busca en las golosinas un puente hacia la nostalgia y los recuerdos de la infancia. Cristian García ha sabido capitalizar este sentimiento, transformando productos sencillos en objetos de deseo emocional. Al alinear el catálogo de productos con una base de usuarios joven y habituada al comercio electrónico, la empresa ha conseguido que sus golosinas no solo compitan en precio, sino también en relevancia cultural y gratificación inmediata.
El origen de esta aventura empresarial se remonta a 2018, cuando García tomó las riendas de un quiosco con cuatro décadas de historia. Sin embargo, fue la crisis sanitaria global la que forzó una reevaluación total de la estrategia comercial al ver cómo el tráfico peatonal desaparecía. La decisión de cerrar el local físico para trasladarse a un almacén logístico de 200 metros cuadrados fue el paso necesario para profesionalizar la operativa. Hoy, con el mercado portugués ya validado, el equipo de Kremtik tiene la vista puesta en Italia y Francia, demostrando que la ambición de llevar el producto local a un escenario global solo requiere de la herramienta adecuada y la capacidad de adaptarse a un modelo de consumo que ya no entiende de fronteras físicas.