Por Redacción - Ene 14, 2026
La realidad empresarial actual se enfrenta a una transformación estructural donde la previsibilidad ha cedido su lugar a una vigilancia constante de señales de alerta. Según los análisis de Sergi Simón, coordinador en EALDE Business School, el año 2026 no se define por la irrupción de fenómenos imprevistos o "cisnes negros", sino por la maduración de riesgos que han permanecido latentes y visibles durante años. Esta metáfora de las "serpientes de cascabel" ilustra una advertencia clara para los comités de dirección: los peligros actuales avisan con antelación y solo impactan en aquellas organizaciones que eligen ignorar el sonido del riesgo. La capacidad de supervivencia ya no reside en la reacción ante el desastre, sino en la integración de la geopolítica, la sostenibilidad, la tecnología y el factor humano como ejes transversales de la toma de decisiones estratégicas.
La geopolítica ha dejado de ser una noticia lejana para instalarse en el corazón de las cadenas de suministro y los costes operativos. En este nuevo ciclo, la energía, las materias primas y el flujo de datos se encuentran bajo la influencia de bloques regulatorios divergentes y decisiones políticas que fragmentan el mercado global. Las empresas que todavía diseñan sus planes de expansión basándose en la estabilidad de la década pasada se exponen a una vulnerabilidad crítica. La planificación estratégica debe asumir que la fragmentación es ahora una constante, y que la seguridad en el suministro depende más de la inteligencia política y la diversificación que de la simple eficiencia de costes.
En el ámbito de la sostenibilidad, el enfoque tradicional basado exclusivamente en el cumplimiento de normativas y el reporte de indicadores está quedando obsoleto frente a los límites físicos del planeta. La escasez de recursos hídricos, el cambio climático y las tensiones sociales derivadas del envejecimiento poblacional o la desigualdad están forzando a las compañías a entender la sostenibilidad como un sinónimo de resiliencia. No se trata únicamente de adoptar políticas de responsabilidad ambiental, sino de rediseñar modelos de negocio que puedan operar en un escenario de recursos más costosos y bajo una presión social creciente. Aquellas entidades que utilicen los criterios ESG como una herramienta de transformación interna, y no solo como una fachada de marketing, lograrán una ventaja competitiva real frente a quienes se limiten a marcar casillas burocráticas.
Por otro lado, la inteligencia artificial se consolida como un acelerador de capacidades que, de no estar bien gobernado, puede amplificar los fallos sistémicos de una organización. El riesgo en 2026 no radica en la falta de tecnología, sino en su implementación superficial en procesos críticos sin una supervisión humana adecuada. La exposición a sesgos algorítmicos, fallos de automatización y ciberataques sofisticados exige una gobernanza técnica robusta. Demostrar que se posee el control sobre los sistemas automatizados será tan relevante como la eficiencia que estos proporcionan. La tecnología, por tanto, se convierte en un espejo de la calidad de la gestión interna: una IA mal dirigida solo acelerará la llegada de errores estructurales.
Finalmente, la gestión del talento se perfila como una fractura silenciosa que amenaza la cohesión de las empresas. La brecha no es solo una cuestión de vacantes sin cubrir, sino de una desconexión profunda entre los modelos de liderazgo tradicionales y las nuevas expectativas de propósito y flexibilidad. La resistencia al cambio en la cultura de mando genera fricciones que expulsan el valor humano de las organizaciones. El reto para los líderes actuales es evolucionar hacia estructuras que fomenten la cohesión y el compromiso, entendiendo que el capital humano es el único capaz de navegar con éxito en medio de la complejidad técnica y geopolítica que define nuestro tiempo.